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Necesitamos colaboratorios

Lozano_intro_thumb_thumbSi de algo estamos seguros es que la situación económica, política y social que estamos viviendo requiere cambios que no sean sólo de carácter incremental. No basta con hacer más y mejor lo que ya hacíamos siempre. Ni basta con cumplir con el mantra de que hay que hacer más con menos. Los retos que tenemos por delante no se resuelven sólo con tecnologías. Ni se resuelven con el refinamiento de los planteamientos políticos que intentan nuevas vías para representar y negociar intereses. Aclarémonos: decir que no basta no quiere decir que no haga falta. Hace falta hacer más y mejor; hace falta hacer más con menos; hace falta innovación tecnológica; hacen falta mejores política, gobernanza y gestión. Lo damos por asumido.

Pero nos hace falta también desarrollar nuevas capacidades de transformación. Y es en este sentido que afirmamos que necesitamos colaboratorios. Necesitamos crearlos, poner las condiciones para que se creen, darles visibilidad y reforzar sus innovaciones.

Un laboratorio es un espacio delimitado donde, bajo condiciones muy específicas que no se pueden encontrar fuera del laboratorio, se tantean nuevas tecnologías, procedimientos, instrumentos o productos. El ensayo y error está admitido y, en la medida de lo posible, la práctica que se lleva a cabo está bajo control y se le suponen unas ciertas medidas de seguridad. En cualquier caso, los laboratorios se definen por su especialización, y por reunir especialistas que trabajan e investigan en torno a proyectos bien específicos que generan innovación.

Hoy ya no basta con contribuir individualmente, es necesario colaborar, tanto dentro como fuera de los laboratorios: lo vemos constantemente por todas partes. Se colabora cuando personas o instituciones diferentes trabajan conjuntamente con un objetivo común, que cada una quiere alcanzar pero que saben que, por las causas que sean, no pueden alcanzar por su cuenta. Una colaboración se centra en la tarea que debe llevarse a cabo para hacer posible el cumplimiento del proyecto planteado conjuntamente. Pero todo el mundo colabora desde su especificidad, la preserva, y vuelve a ella una vez realizado el proyecto: la colaboración y los aprendizajes que pueda generar se circunscriben a él y no van más allá.

Por eso algunos de los problemas sociales y organizativos que hoy tenemos piden la creación de colaboratorios. Si aprender es la capacidad humana de ampliar las propias capacidades, un colaboratorio se define, por encima de todo, por ser un espacio organizativo de aprendizaje. Donde se exploran en común nuevas maneras de pensar, de hacer y de sentir, y se trabaja sistemáticamente sobre todas ellas. No hay sólo disposición al cambio y voluntad de innovación, sino disponibilidad a la transformación. En un colaboratorio no sólo hay proyectos, sino una visión que los nutre y un compromiso que los sostiene. El resultado de involucrarse es que se produce una cierta transformación, personal, colectiva e institucional. Una vez se ha pasado por un colaboratorio, no se es el mismo que quien ha entrado, y sus resultados son maneras de proceder nuevas en marcos organizativos que no encajan en los preexistentes. Las experiencias que se proponen y llevan a cabo no se limitan a la pusilanimidad de sólo querer experimentar con gaseosa, pero tampoco son una variante irresponsable de la ruleta rusa.

¿Dónde encontramos colaboratorios? Allí donde se conjugan y se comparten la vivencia de una pasión, la voluntad de afrontar en común problemas sociales aparentemente insolubles en las condiciones presentes, la disposición a diluir fronteras o hacerlas más porosas, y el sometimiento por parte de los participantes a una cierta autodisciplina sobre sus propios egos. Los colaboratorios, por lo tanto, suelen espacios donde el lenguaje parece que chirría por el simple hecho de que, para definirse, ponen juntas palabras que parece que sólo pueden tener vida propia por separado: público y privado; aprendizaje y servicio; humanidades y gestión; emprendedores y sociales; creación de valor económico y de valor social; progreso y decrecimiento; sostenibilidad y rentabilidad; explotación y exploración; competición y cooperación; política y movimientos sociales; espiritualidad y no-creencia... hasta el punto que para los que se lo miran desde fuera a veces lo que plantean puede parecer incomprensible, imposible, disruptivo o, simplemente, peligroso.

Si en algún lugar podemos asistir a la emergencia de nuevas formas de liderazgo es en los colaboratorios. Porque son ámbitos donde la técnica es imprescindible, pero que la tecnocracia hace inviables; porque son ámbitos donde la visión política es imprescindible, pero que las oligarquías hacen inviables. El impulso transformacional en las más diversas vertientes es lo que los define, porque no se limitan a colaborar desde la seguridad de mantener la propia identidad, ni desde la seguridad de las condiciones asépticas de un laboratorio.

Los colaboratorios no son una panacea, claro está (¿pero es que todavía esperamos alguna?). Pero hay que mantener un atención activa a sus iniciativas y facilitar su desarrollo (o, al menos, no poner palos en sus ruedas, a menudo precarias) para que sus aprendizajes pueden tener un efecto contagioso sobre nuestra sociedad.

Josep M. Lozano es Editor de www.josepmlozano.cat, profesor del Departamento de Ciencias Sociales de ESADE, investigador senior en RSE del Instituto de Innovación Social y miembro del equipo académico de la Cátedra de LiderazgoS y Gobernanza Democrática.

Este artículo se publicó originalmente en Persona, empresa y sociedad, blog editado por el autor y se reproduce bajo su autorización en esta página web.

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